Pasaje de Ida
por Kirdel
Aun recuerdo el reflejo de las luces en el vidrio de aquel bus, cuando uno viaja, puedes hablar mucho, o quizás no hablar nada. Generalmente en mis viajes pienso lo que no hago mientras vivo normalmente, al parecer la meditación hace una especie de play como aquellos viejos casettes que coleccionaba, y es ese dialogo interno el que con las imágenes y con mas edad parece hacer notar mas las marcas en el alma, a pesar de tenerla desnuda.
Nunca pensé que mi corazón vacío fuera a quedar a merced de esa gravedad latente de un lugar detenido en el tiempo y en las manos de aquella gente. Mis silencios se hicieron evidentes al mirar aquellas historias llenas de regocijo de una generación que solo vio barcos pasar por el río. Descubrir que en ese lugar tan buscado, solo hay dos opciones, o volver al origen como un buen turista, o enamorarse de aquel río hecho de luz.
Y abrochando mi chaqueta buscando calor, mire el horizonte infinito de aquella rambla expresiva, de esas calles llenas de historia, de esos parques interminables, de enamorados llenos de gestos de amor, como museos de romanticismo, y aquellas callejuelas con gente en las puertas, viendo los transeúntes pasar, rindiéndose al tiempo y a la cadencia de vivir esperando volver a ver señales de un ayer.
Mi fuga fue implacable, al elevarme al cielo y ver desde lejos aquella ciudad acostada en las aguas de la plata, despidiéndose de norte a sur, perdí todo valor para despedirme, y el faro de brillos inspiradores, me guió de regreso , para no dejar de girar.
El vaivén, ese baile preciso, ese volver, se convirtió sin querer en un pasaje de ida, es el pulso de estar en contacto con otro corazón, y fundirse en el ritmo de quien no sabe de tiempo ni estaciones, día a día mientras no dejo de girar, y de perderme en los interminables recovecos, de una guitarra agitada al pasar. No pude regresar de aquel escenario encallado de soles rojizos, no pude desprenderme de todo lo que uno le gusta y quiere volver a probar.